2 may 2009

Un hombre de fe

Para santiago era sú último día como cartero, después de haber recorrido durante teinta y cinco años las callecitas arboladas de Villa del Parque. Sus compañeros le pidieron que se quedara para brindar, que por ese día no saliera a repartir correspondencia y los ayudara simplemente a clasificarla. Fue entonces cuando descubrió un sobre. Una letra temblorosa había delineado un destinatario en tono de súplica: "Para Dios". Santiago consultó al jefe de turno, pensó que era una broma de despedida. Pero no, todos estaban sorprendidos nunca habían tenido que llevar una carta destinada a Dios. Finalmente la abrieron. En su interior Santiago halló el pedido desesperado de un despreocupado, que requería el milagro de hallar mil pesos para comprar un medicamento a su hijito, muy enfermo. Los hombres, consternados, se miraron. Instantáneamente se llevaron las manos a los bolsillos y entre todos, sumado el policía de guardia y el heladero de visita, juntaron ochocientos pesos. Santago tomó un sobre en blanco, los guardó y escribió el nombre del desdichado. Se calzó nuevamente el uniforme, montó su bcicleta como en los mejores tiempos y partió en la última misión. Al llegar descubrió una casita humilde. Sigiliosamente pasó el sobre por debajo de la puerta y se marchó. Al día siguiente, ya jubilado, Santiago no fue a trabajar. Sus compañeros, al abrir el saco de la correspon dencia hallaron nuevamente una carta "Para Dios" escrita por el mismo hombre. En su texto pudieron leer: "Gracias señor por haber escuchado mi ruego. Mi hijo sanará. Eso sí, de los mil pesos que me mandase sólo recibí ochocientos. Los otros doscientes se los deben haber robado en el correo"...

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